Viernes, 15 Diciembre 2017  
1ª Iglesia Cristiana Evangélica de Colmenar Viejo (Madrid)
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Lunes, 24 de Octubre de 2016 11:09

HOMBRE Y MUJER EN EL PLAN DE DIOS (IV)

Estudio Nº 68

LA REDENCIÓN

por DAVID F. BURT

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Mayo - Agosto 2010. Nº 244. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)pareja mirando las estrellas

 A partir de la caída en pecado, el resto de la narración bíblica es la historia de cómo Dios intervino para redimir al hombre del pecado y de sus terribles efectos. Esa intervención divina tuvo su culminación en la obra redentora de Cristo.
Los evangelistas no registran ninguna enseñanza explícita de Jesús acerca de cómo su obra redentora debe afectar a las relaciones entre hombre y mujer. Pero a través de su ejemplo vemos claramente un retorno a la situación que existía antes de la caída, es decir, un hermoso equilibrio entre los dos principios que ya hemos señalado: por un lado, la igualdad de varón y mujer en dignidad ante Dios; y por otro, el liderazgo del varón. Jesús defendía los derechos de la mujer, tanto en teoría (considerar, por ejemplo, su enseñanza sobre el divorcio: Mateo 5:31-32; 19:1-9), como en la práctica (por ejemplo, su trato a la mujer adúltera: Juan 8:1-11). Enseñaba indistintamente a hombres y mujeres y recibía el servicio de ambos. Después de la resurrección, apareció antes a las mujeres que a los hombres. Después de la ascensión, envió al Espíritu igualmente sobre hombres y mujeres (cf. Hechos 1:14; 2:1, 4). Y en todo momento, mostró a ambos un trato exquisito que respetaba su dignidad y responsabilidad como seres humanos, atendía a sus necesidades y reflejaba la justicia y el amor de Dios. Escuchando a Jesús en sus conversaciones tanto con hombres como con mujeres, con Nicodemo o con la mujer samaritana, con Lázaro, Marta o María, llegamos a la conclusión de que para él no había diferencia ni discriminación: todos eran iguales en valor ante él.
Sin embargo, sus doce discípulos eran varones todos ellos. Fueron éstos los que recibieron la gran comisión (la cual se hace extensiva a todos los creyentes, varones y mujeres) y se establecieron como los líderes indiscutibles de la iglesia. En esto, es como si Jesús volviera a los tiempos anteriores a la caída, respetando el orden divino que concede el liderazgo al varón.
Pero lo que es sólo implícito en el ejemplo de Jesús se hace explícito en la enseñanza de los apóstoles. Si nuestra interpretación de los primeros capítulos de Génesis es correcta, esperaríamos encontrar en el Nuevo Testamento precisamente aquella combinación de enseñanzas que encontramos en realidad:

- Por un lado, una enseñanza acerca de la plena igualdad de varones y mujeres como seres redimidos (dada explícitamente en Gálatas 3:28, pero sobreentendida en otros muchos lugares);
- Y, por otro lado, una enseñanza acerca del liderazgo del varón y la sumisión de la mujer.

Igualmente, esperaríamos encontrar precisamente aquellas exhortaciones a los esposos que de hecho encontramos:

- El Nuevo Testamento no exhorta a las mujeres a defender su igualdad emancipándose de la autoridad de sus maridos (lo cual sería confirmarlas en la distorsión de la caída), sino a someterse gozosamente a sus maridos como mujeres redimidas y regeneradas (en el Señor). De hecho, casi no sale en el Nuevo Testamento el tema de la mujer sin que los escritores se vuelquen en hablar de la importancia de la sumisión. El solo hecho de que la lista de tales exhortaciones sea sorprendentemente larga (Romanos 7:2; 1 Corintios 11:3-10; 14:34-35; Efesios 5:22-24, 33; Colosenses 3:18; 1 Timoteo 2:11-15; Tito 2:5; 1 Pedro 3:1-6), sugiere que, lejos de ser una enseñanza menor, el retorno a la gozosa sumisión de Génesis 1 y 2 constituía para ellos un énfasis primordial y una de las marcas más importantes de la mujer auténticamente convertida.
- El Nuevo Testamento no exhorta a los maridos a que renuncien a su autoridad como cabezas de sus hogares, sino a que la ejerzan con amor y sin espíritu de imposición y violencia (Efesios 5:25-28; Colosenses 3:19; 1 Tesalonicenses 4:4; 1 Pedro 3:7).

En otras palabras, el Nuevo Testamento no exige a los esposos que renuncien a la autoridad masculina y a la sumisión femenina como cosas aberrantes fruto de la caída, sino que vuelvan a los auténticos conceptos de autoridad y sumisión que vemos en la creación. El antídoto a las deformaciones de la caída consiste en esto: Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas (Colosenses 3:18-19).
De hecho, si comprendemos correctamente los propósitos iniciales de Dios en la creación, así como los estragos de la caída y los verdaderos rasgos de la restauración en Cristo, entonces no es difícil entender ninguna de las enseñanzas del Nuevo Testamento acerca del papel del varón y mujer en el hogar y en la iglesia. Sólo es cuando presuponemos que la intención original de Dios es la plena igualdad de varón y mujer a todos los efectos, y que los principios de autoridad y sumisión son aberraciones causadas por la caída, cuando los textos del Nuevo Testamento resultan difíciles de entender. O, para decir lo mismo de otra manera, no existen mayores dificultades (¡menores, sí!) en la interpretación de estas enseñanzas, siempre que las leamos a la luz del marco bíblico de la creación, la caída y la redención. En cambio, resulta enormemente difícil entenderlas si suponemos que la sumisión es un abuso inaceptable resultante de la pecaminosidad humana. Entonces, si queremos ser consecuentes, tenemos que lograr explicar cómo el Nuevo Testamento enseña justo lo contrario de lo que tendría que haber enseñado: que en Cristo el marido ya no es cabeza de su mujer y la mujer no tiene porqué someterse a su marido. Tenemos que suponer que estas enseñanzas no tienen valor universal, sino que son meran concesiones (¡o inconsecuencias!) hechas al contexto cultural del siglo primero. Tenemos que suponer que aquellos mismos apóstoles que rompieron moldes de una manera valiente cuando el evangelio chocaba con otros prejuicios culturales, no se atrevieron a decir la verdad en torno al tema de la mujer.

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HOMBRE Y MUJER EN EL PLAN DE DIOS (V)

Estudio Nº 69

IGUALDAD Y AUTORIDAD

por DAVID F. BURT

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Septiembre - Octubre 2010. Nº 245. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Ahora necesitamos abordar directamente aquella cuestión que hemos tocado de una manera indirecta en diferentes ocasiones a lo largo de nuestra discusión: la cuestión de la compatibilidad entre la igualdad y la autoridad. Hemos insistido en que existen dos principios complementarios, tanto en las narraciones de la creación de Génesis como en las enseñanzas del Nuevo Testamento. Por un lado, está el principio de la igualdad de varón y mujer en dignidad delante de Dios. Por otro, está el principio de su diferenciación en cuanto a funciones.

¿Es cierto esto? ¿Pueden realmente convivir los conceptos de igualdad y de diversidad? ¿No conduce la “diferenciación de funciones” a una discriminación abusiva en el trato real?
Una respuesta breve sería: en un mundo caído, por supuesto el ejercicio de autoridad conduce a discriminaciones y abusos. Con mucha frecuencia, los gobernantes practican la corrupción y utilizan los bienes públicos para su propio enriquecimiento; los maridos cometen violencia doméstica; los padres maltratan a sus hijos; los medios de comunicación manipulan la opinión pública; los empresarios sacan ventaja de sus empleados… Pero el problema, según el diagnóstico bíblico, no está tanto en el orden social (necesitamos gobernantes, autoridad paterna, etc.), sino en el pecado que distorsiona ese orden. La Biblia se dirige, pues, a corregir el pecado, pero respeta las instituciones sociales. Nos exige que practiquemos la autoridad y la sumisión de ciertas maneras, pero no nos llama a desmantelar todo lo que tiene que ver con la ordenación del estado, de la familia o de la iglesia.

Lo mismo es cierto de la relación entre varón y mujer. El problema real no se encuentra en el diseño original de Dios, sino en el pecado que ha distorsionado el diseño, transformando la legítima autoridad del varón en un instrumento de abuso, convirtiendo la sumisión de la mujer en una anulación de su personalidad y haciendo que la relación humana más hermosa se degenere en una guerra de los sexos. El problema no es la autoridad masculina en sí, sino el hecho de que aquella autoridad suele emplearse para fines egocéntricos y no suele ir acompañada por el amor abnegado, mientras que la sumisión es resistida por la mujer o impuesta violentamente por el varón.Aun hecha esta declaración, sin embargo, para muchas personas el señorío sigue siendo incompatible con el solo concepto de igualdad. Es decir, para ellas, allí donde hay igualdad, no puede haber señorío preestablecido ni funciones designadas; y allí donde hay autoridad preestablecida, tiene forzosamente que haber discriminación. Pero les conviene tomar en consideración dos cuestiones, una de orden práctico, la otra de orden teológico.

En cuanto a lo práctico, debemos preguntar: ¿qué entendemos por la “igualdad”? Según la Constitución de los Estados Unidos de América, todos los hombres nacen iguales. Sin embargo, es evidente que, a muchos efectos, esto sencillamente no es cierto. Todos nacemos con diferencias físicas, genéticas, intelectuales, raciales, familiares, culturales, educativas y sociales. Algunos son ricos, otros pobres; algunos más inteligentes, otros menos; algunos altos, otros bajos; algunos guapos, otros feos; algunos gozan de una educación privilegiada; otros no. De hecho, no hay, ni ha habido nunca, dos seres humanos exactamente iguales. En un sentido estricto, no existe la igualdad en esta vida, ni puede existir. Parece ser que Dios prefiere la diversidad a la uniformidad.
Sería absurdo que alguien dijera: Porque no soy alto, ni tengo ojos negros, ni he aprobado cierto examen, me siento discriminado y exijo que la sociedad ponga fin a la injusticia que padezco. ¡Intenta poner recurso ante los tribunales, y a ver lo que te dicen! Sería igualmente absurdo que el varón dijera: Porque no puedo dar a luz hijos, ni amamantarlos, me siento marginado, despreciado y maltratado. El varón no ha sido diseñado por Dios para concebir hijos, como la mujer no ha sido diseñada para engendrarlos. Somos sabios si aceptamos la voluntad del Creador. ¿Acaso debemos sentir que es injusto porque no ha concedido a los animales la misma inteligencia que a los hombres, o porque no ha dado alas al hombre como a los pájaros? Él reparte soberanamente y no hay quien se oponga a su voluntad¹.

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LA DIÁSPORA DE LOS JÓVENES (I)

ESTUDIO Nº 70

por DANIEL PUJOL COSTA

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Septiembre – Octubre 2010. Nº 245. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Youngsters

Aún conservo en mi mente la imagen de mi primo, en la escuela dominical, levantando su brazo para enseñarme las nuevas pulseras de cuero que cubrían su muñeca, una moda más que imprimía el nuevo carácter de la juventud de finales de los 80. Era una sonrisa alegre (no todas lo son) en medio de una reunión para niños después de un culto de domingo. Probablemente, esa sonrisa no fuera fruto de aquello que se nos impartía en ese momento pero era una clara muestra de felicidad que él sí podía compartir con otros tantos niños y niñas que llenaban los primeros bancos de un local al que muchos siguen llamando “iglesia”.

 

También recuerdo que, después de haber cantado y gesticulado diferentes coritos que hablaban de Jesús, pasábamos a la hora de clase divididos en diferentes grupos por edades como si de un instituto se tratara, grupo A, grupo B, etc. Con esto no quiero decir que la división por grupos no fuera útil sino ¡todo lo contrario! Era necesaria e imprescindible dada la gran cantidad de jovenzuelos que paseaban por allí.
Eso ocurría unos años atrás. Ahora, en el 2010, hago cálculos. Intento sumar veinte años más a cada una de las caras que conocía y no puedo comprobar mi acierto porque ya no están ahí. La pregunta que me hago sigue siendo la misma: ¿Dónde se fueron?

Sé que para tratar un asunto como el de la diáspora de los jóvenes de las iglesias existen  varios límites que no se pueden traspasar. El primero de ellos es pecar de un exceso de simplificación o reducción a una experiencia propia, porque cada persona, congregación, denominación o grupo ofrece su particular vivencia del asunto y hay multitud de percepciones.  Sin embargo, otro error sería intentar hacer un análisis científico-social del problema de forma exacta y teórica para obtener unos resultados estadísticos que, probablemente, encajarían más en nuestra mente racional pero nos impedirían acariciar la sensibilidad real que hay detrás de este gran problema.
Más allá de nuestras experiencias y sensaciones, para saber de nuestro presente siempre debemos echar un vistazo al pasado. La situación actual de la iglesia en España no puede separarse ni casi explicarse sin tener en cuenta la influencia del marco político-social en la ha envuelto en las últimas décadas. El propósito de esta reflexión no es hacer un análisis teórico de este aspecto, simplemente tener en cuenta que el entorno de la Iglesia evangélica española no ha sido siempre el mismo.

 

Una imagen vale más que mil palabras
En la actualidad, algunas de las fachadas de nuestros locales, puertas y cristales se sostienen firmes pero obsoletos pidiendo a gritos ser cambiados. Anteriormente, nunca pasaban de moda porque la represión los cambiaba a pedradas.  Para mí, esta imagen ilustra bien algo de lo que ha podido suceder a la iglesia evangélica del país. En un sentido, la persecución, aunque no deseable, permitió que la iglesia se mantuviera dinámica, activa y viva. Esto no es ninguna novedad si hacemos caso de su historia desde la dispersión en Jerusalén en el primer siglo hasta la propagación de las Escrituras en la provincia china de Sichuan en el siglo XX. Luego ¿el grado de vida eclesial es mérito de la hostilidad contra ella? No, pero la hostilidad y la agresión contra ésta, aunque es maligna, también provoca que los hijos de Dios estén más agarrados a su Padre. De tal manera que esa auténtica y sana dependencia espiritual nos llevó a colocar a Cristo como única e imprescindible fuente de esperanza,  de aquí  hasta la eternidad.
Pero el tiempo pasó. Y con el fin de la dictadura se comenzó a hablar de derechos y libertades, entre ellas la religiosa y de culto. Por fin pudimos comenzar a poner nuestros múltiples letreros al gusto sin temer represalias: “Capilla Evangélica”, “Iglesia Evangélica”, “Asamblea Cristiana”, “Centro Cristiano de Rehabilitación”, etc. Hoy día parece que ha habido otro giro, de repente todo lo que antes funcionaba parece que ya no funciona. La iglesia tiene que enfrentar en esta época nuevos retos por el cambio social que está experimentando y parece no entender el lenguaje posmoderno.  La nueva moral de la sociedad nos pilló a todos por sorpresa con sus nuevas tendencias y esto ha hecho que se viva cierta desorientación. ¿Cómo puede ser?

 

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LA DIÁSPORA DE LOS JÓVENES (II)

ESTUDIO Nº 71

por DANIEL PUJOL COSTA

 

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Noviembre – Diciembre 2010. Nº 246. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)manos de jovenes

 

Recuerdo que hace unos años hablé con un pastor que trabajaba en una de las denominaciones evangélicas con más renombre en España. En ese tiempo, a parte de su congregación local, él estaba implicado en la organización del encuentro anual de líderes e iglesias de esa familia denominacional y aproveché la ocasión para preguntarle específicamente por qué se había escogido Los jóvenes como tema principal de ese encuentro. Me interesaba especialmente porque, aunque no es una novedad que se trate el tema de los jóvenes en el ámbito evangélico, sin embargo, hasta ese momento no era habitual que constituyera el tema principal de las jornadas anuales de toda una denominación. Normalmente había sido  un asunto que siempre quedaba relegado a un subtema, un contenido más de seminarios, charlas, etc., pero nunca cobraba una importancia de tal magnitud. ¿Por qué, entonces, fue esta vez diferente?

 

Habitualmente los temas que se seleccionan para encuentros grandes son asuntos comúnmente compartidos por la práctica totalidad de todos sus miembros. Cuando la FIFA decida reunirse próximamente a debate, seguramente pondrá sobre la mesa temas como la implementación tecnológica en los partidos de fútbol y, por ejemplo, discutirá si sería bueno el uso de un ojo de halcón (como en el tenis) para terminar con las dudas que puede generar un gol fantasma en un mundial. Pero, por otra parte, dudo que se reúna para discutir si  Vicente Del Bosque debería ser renovado o no como seleccionador de España, porque eso compete directamente a la Federación Española de Fútbol y no es un asunto que preocupe de forma común a los miembros de la FIFA. Por lo tanto, los temas se escogen en función de una preocupación compartida. Sin embargo, el pastor a quien hice la pregunta, en ningún momento reconoció que hubiera una preocupación específica sino que consideraba que era un tema importante como podría haber sido otro. Una cosa está clara: Sin reconocimiento no hay confesión y sin confesión no habrá renovación jamás.

 

La confesión en bloque
Antes de entrar en el asunto de la salida de los jóvenes y las reflexiones sobre qué hacer en estos momentos, creo que es necesario contemplar un poco más la necesidad de ser transparentes en el ámbito de iglesia.
No es difícil ver que en nuestras congregaciones se produce una gran paradoja. La iglesia se compone de un grupo de personas con un denominador común: son redimidos. Es decir, son libres de una esclavitud a causa de que otro ha pagado un precio por esa libertad. Libres de la esclavitud de la culpa (Hebreos 2:15), por lo cual ya no hay de qué avergonzarse. Sin embargo, en la práctica no siempre se traduce de la misma manera. Hacemos reuniones de oración pero tipificamos las oraciones impidiendo que salga la naturalidad y espontaneidad que demanda cualquier tipo de conversación con un interlocutor atento. Nos cuesta exponer aquello que siente nuestro corazón y compartir parte de las dificultades que vivimos con el resto de hermanos. También es verdad que cuando las compartimos siempre existe un riesgo de que se haga un mal uso de esa información y pueda resultar en perjuicio de aquél que confió. Pero el que confía no se caracteriza por ir contándolo todo, sino porque todo lo que cuenta lo cuenta desde la sabiduría y la prudencia. Y sigue siendo de vital importancia que cuando recibimos una información nuestra mente recuerde un único precepto: “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). La pregunta es ¿estamos

dispuestos a que otros nos ayuden a llevar nuestras propias cargas? Si no, ¿cómo van a creer aquellos que nos siguen que somos familia?

 

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LA DIÁSPORA DE LOS JÓVENES (III)

ESTUDIO Nº 72

por DANIEL PUJOL COSTA

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Enero – Febrero 2011. Nº 247. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

canasta basquetFrente a la diáspora de la juventud en las iglesias hay muchas interpretaciones pero principalmente  podríamos hacer mención de dos bloques. Uno es el que atribuye la responsabilidad a la iglesia local. El otro es el que atribuye la responsabilidad a los mismos jóvenes que se marchan. La que responsabiliza a la iglesia dice entre otras cosas que la congregación local no sabe conectar con los nuevos jóvenes porque no sabe hablar su mismo lenguaje y no es suficientemente madura para adaptarse a los nuevos tiempos y, por consecuencia, se produce un cisma. La otra interpretación, por el contrario, responsabiliza el joven de no querer saber nada de Dios y de querer solamente emociones y diversión  por lo que  si decide marcharse, será porque le interesa más aquello que le ofrece “el mundo” que aquello que le ofrece Dios.

Frente a la diáspora de la juventud en las iglesias hay muchas interpretaciones pero principalmente  podríamos hacer mención de dos bloques. Uno es el que atribuye la responsabilidad a la iglesia local. El otro es el que atribuye la responsabilidad a los mismos jóvenes que se marchan. La que responsabiliza a la iglesia dice entre otras cosas que la congregación local no sabe conectar con los nuevos jóvenes porque no sabe hablar su mismo lenguaje y no es suficientemente madura para adaptarse a los nuevos tiempos y, por consecuencia, se produce un cisma. La otra interpretación, por el contrario, responsabiliza el joven de no querer saber nada de Dios y de querer solamente emociones y diversión  por lo que  si decide marcharse, será porque le interesa más aquello que le ofrece “el mundo” que aquello que le ofrece Dios.

Frente a estas dos interpretaciones ¿Cuál es el error más grande en el que podemos caer? Defender a capa y espada una de ellas. Es un error porque seguramente las dos interpretaciones tengan parte de verdad pero el gran problema es que ambas retroalimentan su contrariedad y separan aún más la conexión entre el joven y el resto de la comunidad local.

 

Vivencias
Hace un tiempo estuvimos haciendo un trabajo de reflexión sobre este asunto en una iglesia. Se trata de una congregación en la cual los jóvenes
han ido saliendo en los últimos años y los que quedan se pueden contar con los dedos de una mano.

Hicimos unos grupos de trabajo y debate, y una de las preguntas que planteamos a los miembros de esa iglesia era la siguiente: “¿Por qué creéis que los jóvenes se van de la iglesia?”. A lo que alguien respondió diciendo: “¡Eso se lo deberían preguntar a ellos!”. Una iglesia que responde así a una pregunta como ésta, automáticamente cierra las puertas a la solución del problema. Porque la persona que respondió no dijo: “eso se lo deberíamos (nosotros) preguntar a ellos”, sino que rehusó toda responsabilidad diciendo: “eso se lo deberían (alguien) preguntar a ellos”. Mi pregunta es ¿quién se lo debería preguntar entonces?
Si consiguiéramos escucharnos a nosotros mismos un poco más, descubriríamos muchas cosas acerca de cómo hemos entendido las cuestiones de
iglesia, familia y comunidad, y también de cómo vivimos la fe en medio del pueblo de Dios.
El tiempo pasó y pude volver a visitar esa iglesia. Era un domingo por la mañana y al llegar me senté al lado del único joven entre 16 y 18 años
que quedaba. Recuerdo que la iglesia se levantó a una para cantar un himno. Yo me encontraba pensativo mientras escuchaba cantar a ese chico que tenía a mi lado. En mitad del cántico se me ocurrió preguntarle algo: “Oye, ¿tú crees en Dios?”. El joven no pudo evitar mirarme con cara de sorpresa y extrañado y me respondió: “Claro”. Entonces yo pensé para mis adentros: “Dani se te ha ido la olla”.
Al terminar la reunión ese chico quiso saber por qué le había hecho esa pregunta durante la reunión pues –según él-, le había dejado “rayado”. Yo
le respondí: “Bueno… como nos hemos visto en otras ocasiones cantando y diciendo cosas tan fuertes al mismo Dios, pero no nos conocemos demasiado, he pensado en preguntártelo”. ¿Sabéis qué me dijo entonces? “Hombre… yo normalmente voy a la iglesia aunque el domingo pasado no pude venir…”. Y yo pregunto: ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? Y le dije, “no, tranquilo, si yo tampoco fui el domingo pasado”. Y me dijo: “Bueno, en realidad, si te soy sincero, yo sí que creo en Dios pero… tengo mis dudas”.
En 17 o 18 años que llevaba ese joven en la iglesia ¿nadie pensó en preguntarle si entendía lo que cantaba?Los evangélicos conocemos muy bien la teoría. Por ejemplo, sabemos que uno no es salvo por el simple hecho de que asista regularmente a los
cultos. Por el contrario parece que las alarmas no se encienden entre nosotros hasta que uno deja de asistir a nuestras reuniones. Entonces comenzamos a orar por tal persona, se le llama y se pone de manifiesto una preocupación por su vida alegando que se está “apartando” o está “dejando” las cosas de Dios.

 

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LA DIÁSPORA DE LOS JÓVENES (IV)

A LOS JOVENES

ESTUDIO Nº 73

por DANIEL PUJOL COSTA

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Marzo – Abril 2011. Nº 248. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Un domingo cualquiera, por la tarde, a los 17 años: Nos juntábamos el grupo de amigos de “la iglesia” y quedábamos en uno de los cinco o seis locales que teníamos en cartera para tomar nuestro primer café de la tarde después de comer con las respectivas familias. En esa época era difícil retenernos en cualquier reunión familiar más allá de los postres, así que mientras encendíamos nuestros pitillos íbamos entrando como cuentagotas en nuestra segunda casa: el bar. El plan de la tarde era tan simple como poco ingenioso, se trataba de llenar ceniceros, fumar algún porro, tomar cortados y echar las monedas que nos quedaban del fin de semana (o de todo el mes) en las tragaperras. Sin embargo, lo más curioso del asunto era que, después de haber vaciado nuestros bolsillos y gorronear “barritas de cáncer” al último en aparecer por la puerta, sólo existía un tema en nuestras monótonas reuniones: la iglesia, o mejor dicho, lo que entendíamos por “iglesia”. ¿Tiene guasa verdad? Nosotros evitando ir al culto e incapaces de encontrar otro tema de debate.

Cuento esto para reclamar legitimidad a la hora de dirigirme a los jóvenes y ser crítico también con ellos, ya que en los anteriores capítulos tratamos su diáspora desde la responsabilidad de la iglesia, sin embargo, no sería justo despedir el tema sin resaltar algunas actitudes del joven rebelde y de su ineludible y, en ocasiones, ignorada responsabilidad.
Si pudiéramos entrevistar a aquellos  que en los últimos 20 años dejaron sus iglesias veríamos que en un grandísimo porcentaje atribuirían a “la hipocresía” su salida de la iglesia. Esta respuesta, aunque tiene su explicación, carece de justificación para el que la dice, pues es demasiado simple para ser creída y demasiado contundente para ser ignorada. Además, creo que siendo coherentes con este argumento, la mejor opción para alejarnos de la hipocresía no sería salir de la iglesia sino establecernos en Marte.
Pero hay algo comprensible dentro de esa declaración. La iglesia de Dios siempre va a recibir una mayor penalización por sus errores que la que recibirá un mundo que, de vez en cuando, acierta. Porque la autoridad y la exigencia moral que se demanda a la iglesia nunca será equivalente a la que se le pida a un Estado, ni a un Gobierno, ni a un Ejército o a cualquier otra institución, por esta razón, el nombre de Dios siempre será blasfemado por causa de todo aquél que cometa errores y a la vez quieren mantener su posición de autoridad moral o religiosa (Romanos 2:24). Cabe recordar que la autoridad no se pide, se recibe.

Indicadores de religiosidad
Tomando esta idea, permitidme hablar sobre uno de los tantísimos casos que me viene a la mente, a parte del mío. Recuerdo hace algunos años, después de conocer a Dios personalmente y ver que, en efecto, existía (y existe), me encontré con un amigo que dejó de ir a la iglesia muchos años atrás. Él no sabía de mi fe y cómo mi vida había cambiado recientemente, así que al vernos de nuevo y saludarnos me preguntó cómo estaba, y le comenté: “Pues la verdad es que hecho polvo porque no he dormido en toda la noche…”, y simpáticamente me dijo: “¿Qué… de fiesta hasta las mil, no?”, a lo que respondí: “¡qué va! Es sólo que vengo de una vigilia de oración con unos colegas y hemos estado hasta las 6 de la mañana hablando con Dios”. Al decir esto se echó a reír a plena carcajada pensando que me estaba cachondeando de todo, como hacía antes, pero enseguida dedujo por mi expresión que lo que le había dicho no era ninguna broma. Seguidamente le conté cómo Jesús había cautivado mi corazón y el de otros jóvenes de la pandilla pero, para mi sorpresa, después de explicarle el suceso más grande de mi vida, lo que él quiso saber era mi opinión sobre los cambios recientes que habían tenido lugar en su antigua iglesia y sobre otras cuestiones polémicas, chismes y otros asuntos evangélicos de sobremesa.

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Última actualización el Viernes, 08 de Septiembre de 2017 18:24
 
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