Miércoles, 22 Agosto 2018  
1ª Iglesia Cristiana Evangélica de Colmenar Viejo (Madrid)
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Viernes, 05 de Enero de 2018 13:03

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

¿UNA RELIQUIA DEL PASADO O PLENAMENTE ACTUAL?

ESTUDIO Nº 74

Una Introducción a la Serie por PABLO WICKHAM

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Marzo - Abril 2011. Nº 248. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Moisés con las Tablas de la LeyConsideraciones preliminares

¿Es relevante este código antiguo para nuestra sociedad postcristiana y postmoderna? ¿Tiene algo que decirnos a nosotros, los de la sociedad occidental decadente y permisiva, tan falta de valores y tan pagada de sí misma, en la que no se aceptan los principios cristianos como antes? Hace unos años un magnate mediático llamado Ted Turner llegó a declarar ante representantes nacionales de la prensa norteamericana que el  Decálogo era obsoleto porque no tenía nada que decir frente a los problemas globales contemporáneos, tales como la superpoblación del planeta, la carrera de armamentos, etc. La sociedad estaba siendo gobernada por reglas – decía – que ya no servían, y afirmó que seguramente nadie en el  auditorio les estaba haciendo caso alguno porque eran demasiado anticuados y porque a nadie le gustaba vivir bajo la tutela de un código que prohibía hacer a cada uno lo que le viniese en gana.
Y bastará un vistazo a cualquier diario o revista de prensa para comprobar el vacío de valores morales que impera en nuestra sociedad española actual; parece que se da más importancia a la Declaración Universal de Derechos Humanos, que no al Decálogo (aunque aquél se inspiró en parte en éste). Sin embargo, lo más preocupante no es que la sociedad secular ningunee u olvide por completo este gran código ético, sino que se ve a la misma actitud en muchas iglesias cristianas. Hay quienes argumentan que el Decálogo servía para un pueblo nómada antiguo en proceso de formación, que fue una especie de manual pedagógico para instruirles en las reglas morales más básicas, pero que hoy en día, somos mucho más sofisticados y maduros. Ya no somos párvulos; no nos hacen falta principios tan simples. Los evangélicos no podemos aceptar bajo ningún concepto tales planteamientos, por las razones que vamos a considerar a continuación.

A. EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL DECÁLOGO

No es posible entender la razón de ser y el alcance del Decálogo sin tener en cuenta el marco histórico y circunstancial en el que fue dado al pueblo de Israel (Éxodo 20:1-17) y luego, cuarenta años más tarde, repetido a la nueva generación preparada para entrar en la tierra prometida (Deut.5:1-22). En Sinaí, Yavé acababa de liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto y les reunía al pie del monte para celebrar un solemne pacto con ellos, mediante el cual le reconocían como su Dios, y Él los aceptaba como su pueblo, su tesoro especial escogido de entre todos los pueblos de la tierra (Éx.19:4-6; 20:1-2). El pacto era de pura gracia; no se basaba en pretendidos merecimientos de ellos sino que se fundamentaba en el amor y la misericordia de Él. El Decálogo manifestaba el carácter divino y su voluntad de que ellos lo guardasen fielmente. Como dice C. Wright, los Diez Mandamientos eran “la carta magna de la voluntad de Dios para… su pueblo”. Lo único que el Señor pedía a cambio de su iniciativa de amor y gracia en el pacto, era el amor y la obediencia de su pueblo.

Esa relación pactada ya se había establecido centenares de años antes, en el pacto unilateral de pura gracia que Dios había hecho con el patriarca Abram y su descendencia en Génesis 15, como el Apóstol explica en Gálatas 3 y Romanos 4. Y ese pacto previo condicionaba todo lo que Yavé hizo con su pueblo después. Los Diez Mandamientos, como núcleo y esencia de toda la Ley en el AT, construyeron la base para el desarrollo de toda la legislación de Israel, como se ve claramente en Éxodo 21-24; Deut. Caps. 12-26 y otros muchos pasajes del Pentateuco. La Ley actuaba de “ayo” o “pedagogo” para conducir a Israel en los caminos de la justicia divina y contenía esa “instrucción en justicia” que manaba primordialmente del Decálogo. Porque enseñaba la importancia de adorar y servir solo a Yavé, el Dios único, de obedecerle en todos los detalles de la vida: en el uso del tiempo, del trabajo, lo sagrado de la familia, de la vida, la propiedad, la fidelidad a la verdad, la honradez y la dignidad de cada persona. Una ilustración de la importancia que Dios daba a todo ello, - comenta Wright –, es que en el desarrollo de la legislación que dependía de la mayoría de los Diez Mandamientos, su infracción llevaba la sentencia de muerte. Eso es en sí una enseñanza moral de gran calado, indicando la gravedad del crimen, además de denunciarlo y proteger a la comunidad del pacto contra el tipo de conductas delictivas que lo dañarían o hasta pudieran destruirlo. Y el hecho de que no todos los Diez llevasen esa sentencia fatal, porque sería imposible detectar el pecado cometido, como es el caso del “No codiciarás…” (X), prueba a las claras que todo el código llevaba intrínsecamente la intención de poner de manifiesto la raíz del pecado en sus diversas manifestaciones, y prevenir contra su comisión, o, en el haberse infringido, señalaba hacia el medio de limpieza y perdón que se reflejaba en la expiación representada por los sacrificios de sangre. El Señor subrayó este significado espiritual y moral más profundo de los mandamientos de la Ley en el Sermón del Monte (Mt.5:21-24; 27-28, etc.). Otra prueba del carácter perenne del Decálogo son algunos anticipos que encontramos en el libro de Génesis (véase Gn.35:2; 2:3; 9:23; 9:5-6; 39:9; 31:39; 27:19-24).

El Decálogo es único, no solo porque es el núcleo de toda la ley moral y espiritual para el pueblo de Dios en sus relaciones con Él y con los demás seres humanos y el entorno de la creación, sino porque su modo de enunciarse fue único; el hombre no intervino para nada en su entrega a Israel. Dios mismo los pronunció en voz alta e inteligible y luego los grabó dos veces en piedra, rodeando todo el evento con una solemnidad terrorífica, con señales aparatosas. Su repetición en Deuteronomio servía el mismo propósito: subrayar su unicidad e importancia fundamental para Dios y su pueblo frente a los sucesores de los que habían salido de Egipto. También apreciamos la unicidad de los Diez Mandamientos en el hecho de que son totalmente distintos a cualquier otro código religioso que haya existido, contemporáneo – el de Hamurabi de Babilonia, pongamos por caso – o posterior. Porque unen religión (relación) y vida; éstas no han de ser nunca compartimentos estancos y separados. Y como cantan los salmistas en multitud de ocasiones, la mayor felicidad del hombre es vivir de acuerdo con la voluntad revelada es vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (v.g. Salmo 19:7-14; 119).

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (II)

DIOS Y LOS ÍDOLOS

ESTUDIO Nº 75

por JOSÉ DE SEGOVIA

 

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Mayo - Agosto 2011. Nº 249. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)El becerro de oro

Decía Nietzsche que “hay más ídolos en el mundo, que realidades”. Muchos, sin embargo, prefieren pensar todavía en la idolatría como algo de pueblos primitivos y personas inclinadas ante estatuas. La sociedad contemporánea no es diferente en eso a ninguna de las que nos han precedido. Cada cultura tiene sus dioses, sacerdotes, tótems y rituales, a los que presentar sacrificios para tener una buena vida y evitar el  desastre. Puede ser la belleza, el poder y el dinero, pero la Biblia nos enseña que el corazón humano es una constante fábrica de ídolos.

El primer mandamiento de la Ley de Dios (Éx.20:3; Deut.5:7) advierte que las mejores cosas de nuestra vida – el trabajo, el amor, la familia e incluso el ministerio cristiano – se pueden convertir en ídolos, cuando toman el lugar que sólo a Dios le corresponde. Estas realidades finitas, las volvemos infinitas al hacerlas el centro de nuestra existencia. Al divinizarlas, demandamos de ellas lo que solo Dios puede darnos: significado, seguridad y realización en la vida.
Aunque hay muchas personas que reconocen que el dinero se ha convertido en un dios, el hombre está ciego ante su idolatría. Como los ancianos de Israel, cuando Dios le dice a Ezequiel que “estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón” (Ez.14:3), nos preguntamos: “¿ídolos?, ¿qué ídolos? Yo no veo ninguno”. Pensamos que los ídolos son cosas malas, pero rara vez es así. Cuanto mayor es el bien, más probable es que esperemos que pueda satisfacer nuestras necesidades y anhelos más profundos. Cualquier cosa o persona puede ser un ídolo, si basamos en ella nuestra felicidad.
No reconocemos que tenemos ídolos, porque no nos damos cuenta de su poder corrupto. Podemos tener muy buenas intenciones, pero los ídolos son como el anillo de poder de Sauron, el señor oscuro en El Señor de los anillos de Tolkien, que actúa como “un amplificador psíquico”, aumentando nuestros deseos más profundos a dimensiones idolátricas, manteniéndonos esclavizados a ellos. La Ley de Dios tiene por eso un efecto liberador para su pueblo. Ya que los ídolos siempre nos decepcionan. No pueden satisfacer nuestros deseos más profundos.

¿QUÉ ES UN ÍDOLO?

¿Cómo sabemos que algo, o alguien, se ha convertido en un ídolo para nosotros? Cuando pensamos que si lo perdiéramos, la vida ya no tendría sentido. Si hay algo o alguien en tu vida, que es para ti más importante que Dios, ese es tu ídolo.  Cualquier cosa o persona que absorba tu corazón e imaginación, pretendiendo darte lo que sólo Dios puede ofrecerte.
Nietzsche decía que “lo que una vez se hacía por amor a Dios, ahora se hace por amor al dinero”.  La avaricia es una forma de idolatría (Col.3:5; Efe.5:5). Jesús dice que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12:15). La avaricia no solo produce amor al dinero, sino una excesiva ansiedad por ello. Todos corremos el peligro de basar nuestra identidad en lo que tenemos.
Para muchas personas, ese ídolo puede ser algo mucho más respetable, como la familia, el trabajo o la reputación. Para otros, es una relación sentimental, la aprobación de otras personas, su capacidad o destreza para hacer algo. Pueden ser incluso las circunstancias, que nos hacen sentirnos seguros. Otros dependen más de su aspecto físico. O lo que les importa es la salud, o la inteligencia sin la cual, no saben cómo podrían seguir viviendo. Otros siguen una filosofía, religión o moralidad. Para algunos, puede ser incluso el el éxito de su ministerio… ¡Hay tantos ídolos en este mundo!

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (III)

EL SEGUNDO MANDAMIENTO (Éxodo 20:4-6; Deuteronomio 5:8-10)

ESTUDIO Nº 76

por PABLO WICKHAM

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Septiembre - Octubre 2011. Nº 250. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

I. INTRODUCCIÓN
Con la excepción del cuarto mandamiento, éste es el más largo y explícito, y el único que especifica el castigo si es desobedecido. Comparte con el cuarto el contener una recompensa explícita por la obediencia, lo que subraya su importancia para Dios. Afirma claramente la espiritualidad del Eterno, demandando implícitamente la pureza en la adoración, anticipando textos como Juan 4:23-24.

¿Cuál es la relación entre este mandamiento y el primero?
Dice E. Schaeffer que “el primer mandamiento establece claramente el hecho de que no existe ningún otro Dios… el segundo trata acerca de la adoración a ese Dios, en contraste con la adoración a ídolos”¹. (énfasis nuestro).

Lutero escribió algunas de sus exposiciones más bellas acerca del Decálogo. Afirmó que si el primer mandamiento conlleva la necesidad que tenían tanto el israelita del AT como el cristiano bajo el Nuevo Pacto de poder confiar de forma absoluta en el Único en quien se puede depositar tal confianza, el segundo explicita tal confianza por vía de contraste, al plantear la alternativa terrible de depositar de depositar esa confianza en algo o alguien que no sea ese Único. El primer mandamiento –decía – nos conduce a la plena libertad espiritual porque define quien es y cómo tiene que ser el hombre en relación con Dios; el segundo le previene al hombre contra la esclavitud a otro ser o seres, objetos o prácticas que niegan al Dios verdadero.
El teólogo y eticista Paul Lehmann puntualiza otro aspecto del contraste entre los dos primeros mandamientos: el primero identifica claramente al Dios verdadero por su Nombre inefable, YHWH-Adonai, el único Creador y Redentor; el segundo, contempla la pérdida o vaciamiento de sentido de ese Nombre al colocar en su lugar otros “nombres” que son vacíos de realidad y poder espiritual. Así, el incumplimiento de este mandamiento catapulta al ser humano a la esclavitud y la imposibilidad de realizarse plenamente, además de una búsqueda febril de algún sustituto que colocar en el lugar del Único que le puede dar plena satisfacción. También priva a sus descendientes del beneficio de conocer y servir al Dios verdadero, trayendo sobre ellos la maldición de la ley quebrantada.
Comenta Lehmann el término de la “trivialización del Nombre” que empleó Lutero respecto al segundo y tercer mandamientos. Mientras el tercero trata de la profanación del Nombre, el segundo trata de la justicia o vida justa que deben manifestar los que llevan ese Nombre. Citando en parte a Lutero, afirma que “ir por el mundo llevando el Nombre de Dios como si no hiciese ninguna diferencia, descubre por contraste la verdadera diferencia que ha de haber, porque la vida justa (=la que se ajusta a las demandas divinas), es la señal visible que el corazón y sus expresiones externas han sido conducidos y dirigidos hacia la correcta relación con Dios”.²
Dicha “trivialización”, por supuesto, no la comentan los que no profesan ninguna lealtad al que lleva el Nombre, sino los que sí lo llevan – aunque sea de labios para afuera –, pero se comportan como si no les importara. Hasta podemos afirmar que ese menoscabo negligente lleva a una auténtica distorsión de la intención original del mandamiento, que a su vez conduce a la trágica dicotomía entre la verdadera religión bíblica (=relación) y la conducta ética de los que profesan ser creyentes. Todavía se comete dicha dicotomía en varias formas hasta el día de hoy (véase punto IV).

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Última actualización el Lunes, 09 de Julio de 2018 17:10
 
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