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Viernes, 05 de Enero de 2018 13:03

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

¿UNA RELIQUIA DEL PASADO O PLENAMENTE ACTUAL?

ESTUDIO Nº 74

Una Introducción a la Serie por PABLO WICKHAM

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Marzo - Abril 2011. Nº 248. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Moisés con las Tablas de la LeyConsideraciones preliminares

¿Es relevante este código antiguo para nuestra sociedad postcristiana y postmoderna? ¿Tiene algo que decirnos a nosotros, los de la sociedad occidental decadente y permisiva, tan falta de valores y tan pagada de sí misma, en la que no se aceptan los principios cristianos como antes? Hace unos años un magnate mediático llamado Ted Turner llegó a declarar ante representantes nacionales de la prensa norteamericana que el  Decálogo era obsoleto porque no tenía nada que decir frente a los problemas globales contemporáneos, tales como la superpoblación del planeta, la carrera de armamentos, etc. La sociedad estaba siendo gobernada por reglas – decía – que ya no servían, y afirmó que seguramente nadie en el  auditorio les estaba haciendo caso alguno porque eran demasiado anticuados y porque a nadie le gustaba vivir bajo la tutela de un código que prohibía hacer a cada uno lo que le viniese en gana.
Y bastará un vistazo a cualquier diario o revista de prensa para comprobar el vacío de valores morales que impera en nuestra sociedad española actual; parece que se da más importancia a la Declaración Universal de Derechos Humanos, que no al Decálogo (aunque aquél se inspiró en parte en éste). Sin embargo, lo más preocupante no es que la sociedad secular ningunee u olvide por completo este gran código ético, sino que se ve a la misma actitud en muchas iglesias cristianas. Hay quienes argumentan que el Decálogo servía para un pueblo nómada antiguo en proceso de formación, que fue una especie de manual pedagógico para instruirles en las reglas morales más básicas, pero que hoy en día, somos mucho más sofisticados y maduros. Ya no somos párvulos; no nos hacen falta principios tan simples. Los evangélicos no podemos aceptar bajo ningún concepto tales planteamientos, por las razones que vamos a considerar a continuación.

A. EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL DECÁLOGO

No es posible entender la razón de ser y el alcance del Decálogo sin tener en cuenta el marco histórico y circunstancial en el que fue dado al pueblo de Israel (Éxodo 20:1-17) y luego, cuarenta años más tarde, repetido a la nueva generación preparada para entrar en la tierra prometida (Deut.5:1-22). En Sinaí, Yavé acababa de liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto y les reunía al pie del monte para celebrar un solemne pacto con ellos, mediante el cual le reconocían como su Dios, y Él los aceptaba como su pueblo, su tesoro especial escogido de entre todos los pueblos de la tierra (Éx.19:4-6; 20:1-2). El pacto era de pura gracia; no se basaba en pretendidos merecimientos de ellos sino que se fundamentaba en el amor y la misericordia de Él. El Decálogo manifestaba el carácter divino y su voluntad de que ellos lo guardasen fielmente. Como dice C. Wright, los Diez Mandamientos eran “la carta magna de la voluntad de Dios para… su pueblo”. Lo único que el Señor pedía a cambio de su iniciativa de amor y gracia en el pacto, era el amor y la obediencia de su pueblo.

Esa relación pactada ya se había establecido centenares de años antes, en el pacto unilateral de pura gracia que Dios había hecho con el patriarca Abram y su descendencia en Génesis 15, como el Apóstol explica en Gálatas 3 y Romanos 4. Y ese pacto previo condicionaba todo lo que Yavé hizo con su pueblo después. Los Diez Mandamientos, como núcleo y esencia de toda la Ley en el AT, construyeron la base para el desarrollo de toda la legislación de Israel, como se ve claramente en Éxodo 21-24; Deut. Caps. 12-26 y otros muchos pasajes del Pentateuco. La Ley actuaba de “ayo” o “pedagogo” para conducir a Israel en los caminos de la justicia divina y contenía esa “instrucción en justicia” que manaba primordialmente del Decálogo. Porque enseñaba la importancia de adorar y servir solo a Yavé, el Dios único, de obedecerle en todos los detalles de la vida: en el uso del tiempo, del trabajo, lo sagrado de la familia, de la vida, la propiedad, la fidelidad a la verdad, la honradez y la dignidad de cada persona. Una ilustración de la importancia que Dios daba a todo ello, - comenta Wright –, es que en el desarrollo de la legislación que dependía de la mayoría de los Diez Mandamientos, su infracción llevaba la sentencia de muerte. Eso es en sí una enseñanza moral de gran calado, indicando la gravedad del crimen, además de denunciarlo y proteger a la comunidad del pacto contra el tipo de conductas delictivas que lo dañarían o hasta pudieran destruirlo. Y el hecho de que no todos los Diez llevasen esa sentencia fatal, porque sería imposible detectar el pecado cometido, como es el caso del “No codiciarás…” (X), prueba a las claras que todo el código llevaba intrínsecamente la intención de poner de manifiesto la raíz del pecado en sus diversas manifestaciones, y prevenir contra su comisión, o, en el haberse infringido, señalaba hacia el medio de limpieza y perdón que se reflejaba en la expiación representada por los sacrificios de sangre. El Señor subrayó este significado espiritual y moral más profundo de los mandamientos de la Ley en el Sermón del Monte (Mt.5:21-24; 27-28, etc.). Otra prueba del carácter perenne del Decálogo son algunos anticipos que encontramos en el libro de Génesis (véase Gn.35:2; 2:3; 9:23; 9:5-6; 39:9; 31:39; 27:19-24).

El Decálogo es único, no solo porque es el núcleo de toda la ley moral y espiritual para el pueblo de Dios en sus relaciones con Él y con los demás seres humanos y el entorno de la creación, sino porque su modo de enunciarse fue único; el hombre no intervino para nada en su entrega a Israel. Dios mismo los pronunció en voz alta e inteligible y luego los grabó dos veces en piedra, rodeando todo el evento con una solemnidad terrorífica, con señales aparatosas. Su repetición en Deuteronomio servía el mismo propósito: subrayar su unicidad e importancia fundamental para Dios y su pueblo frente a los sucesores de los que habían salido de Egipto. También apreciamos la unicidad de los Diez Mandamientos en el hecho de que son totalmente distintos a cualquier otro código religioso que haya existido, contemporáneo – el de Hamurabi de Babilonia, pongamos por caso – o posterior. Porque unen religión (relación) y vida; éstas no han de ser nunca compartimentos estancos y separados. Y como cantan los salmistas en multitud de ocasiones, la mayor felicidad del hombre es vivir de acuerdo con la voluntad revelada es vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (v.g. Salmo 19:7-14; 119).

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (II)

DIOS Y LOS ÍDOLOS

ESTUDIO Nº 75

por JOSÉ DE SEGOVIA

 

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Mayo - Agosto 2011. Nº 249. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)El becerro de oro

Decía Nietzsche que “hay más ídolos en el mundo, que realidades”. Muchos, sin embargo, prefieren pensar todavía en la idolatría como algo de pueblos primitivos y personas inclinadas ante estatuas. La sociedad contemporánea no es diferente en eso a ninguna de las que nos han precedido. Cada cultura tiene sus dioses, sacerdotes, tótems y rituales, a los que presentar sacrificios para tener una buena vida y evitar el  desastre. Puede ser la belleza, el poder y el dinero, pero la Biblia nos enseña que el corazón humano es una constante fábrica de ídolos.

El primer mandamiento de la Ley de Dios (Éx.20:3; Deut.5:7) advierte que las mejores cosas de nuestra vida – el trabajo, el amor, la familia e incluso el ministerio cristiano – se pueden convertir en ídolos, cuando toman el lugar que sólo a Dios le corresponde. Estas realidades finitas, las volvemos infinitas al hacerlas el centro de nuestra existencia. Al divinizarlas, demandamos de ellas lo que solo Dios puede darnos: significado, seguridad y realización en la vida.
Aunque hay muchas personas que reconocen que el dinero se ha convertido en un dios, el hombre está ciego ante su idolatría. Como los ancianos de Israel, cuando Dios le dice a Ezequiel que “estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón” (Ez.14:3), nos preguntamos: “¿ídolos?, ¿qué ídolos? Yo no veo ninguno”. Pensamos que los ídolos son cosas malas, pero rara vez es así. Cuanto mayor es el bien, más probable es que esperemos que pueda satisfacer nuestras necesidades y anhelos más profundos. Cualquier cosa o persona puede ser un ídolo, si basamos en ella nuestra felicidad.
No reconocemos que tenemos ídolos, porque no nos damos cuenta de su poder corrupto. Podemos tener muy buenas intenciones, pero los ídolos son como el anillo de poder de Sauron, el señor oscuro en El Señor de los anillos de Tolkien, que actúa como “un amplificador psíquico”, aumentando nuestros deseos más profundos a dimensiones idolátricas, manteniéndonos esclavizados a ellos. La Ley de Dios tiene por eso un efecto liberador para su pueblo. Ya que los ídolos siempre nos decepcionan. No pueden satisfacer nuestros deseos más profundos.

¿QUÉ ES UN ÍDOLO?

¿Cómo sabemos que algo, o alguien, se ha convertido en un ídolo para nosotros? Cuando pensamos que si lo perdiéramos, la vida ya no tendría sentido. Si hay algo o alguien en tu vida, que es para ti más importante que Dios, ese es tu ídolo.  Cualquier cosa o persona que absorba tu corazón e imaginación, pretendiendo darte lo que sólo Dios puede ofrecerte.
Nietzsche decía que “lo que una vez se hacía por amor a Dios, ahora se hace por amor al dinero”.  La avaricia es una forma de idolatría (Col.3:5; Efe.5:5). Jesús dice que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12:15). La avaricia no solo produce amor al dinero, sino una excesiva ansiedad por ello. Todos corremos el peligro de basar nuestra identidad en lo que tenemos.
Para muchas personas, ese ídolo puede ser algo mucho más respetable, como la familia, el trabajo o la reputación. Para otros, es una relación sentimental, la aprobación de otras personas, su capacidad o destreza para hacer algo. Pueden ser incluso las circunstancias, que nos hacen sentirnos seguros. Otros dependen más de su aspecto físico. O lo que les importa es la salud, o la inteligencia sin la cual, no saben cómo podrían seguir viviendo. Otros siguen una filosofía, religión o moralidad. Para algunos, puede ser incluso el el éxito de su ministerio… ¡Hay tantos ídolos en este mundo!

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (III)

EL SEGUNDO MANDAMIENTO (Éxodo 20:4-6; Deuteronomio 5:8-10)

ESTUDIO Nº 76

por PABLO WICKHAM

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Septiembre - Octubre 2011. Nº 250. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

I. INTRODUCCIÓN
Con la excepción del cuarto mandamiento, éste es el más largo y explícito, y el único que especifica el castigo si es desobedecido. Comparte con el cuarto el contener una recompensa explícita por la obediencia, lo que subraya su importancia para Dios. Afirma claramente la espiritualidad del Eterno, demandando implícitamente la pureza en la adoración, anticipando textos como Juan 4:23-24.

¿Cuál es la relación entre este mandamiento y el primero?
Dice E. Schaeffer que “el primer mandamiento establece claramente el hecho de que no existe ningún otro Dios… el segundo trata acerca de la adoración a ese Dios, en contraste con la adoración a ídolos”¹. (énfasis nuestro).

Lutero escribió algunas de sus exposiciones más bellas acerca del Decálogo. Afirmó que si el primer mandamiento conlleva la necesidad que tenían tanto el israelita del AT como el cristiano bajo el Nuevo Pacto de poder confiar de forma absoluta en el Único en quien se puede depositar tal confianza, el segundo explicita tal confianza por vía de contraste, al plantear la alternativa terrible de depositar de depositar esa confianza en algo o alguien que no sea ese Único. El primer mandamiento –decía – nos conduce a la plena libertad espiritual porque define quien es y cómo tiene que ser el hombre en relación con Dios; el segundo le previene al hombre contra la esclavitud a otro ser o seres, objetos o prácticas que niegan al Dios verdadero.
El teólogo y eticista Paul Lehmann puntualiza otro aspecto del contraste entre los dos primeros mandamientos: el primero identifica claramente al Dios verdadero por su Nombre inefable, YHWH-Adonai, el único Creador y Redentor; el segundo, contempla la pérdida o vaciamiento de sentido de ese Nombre al colocar en su lugar otros “nombres” que son vacíos de realidad y poder espiritual. Así, el incumplimiento de este mandamiento catapulta al ser humano a la esclavitud y la imposibilidad de realizarse plenamente, además de una búsqueda febril de algún sustituto que colocar en el lugar del Único que le puede dar plena satisfacción. También priva a sus descendientes del beneficio de conocer y servir al Dios verdadero, trayendo sobre ellos la maldición de la ley quebrantada.
Comenta Lehmann el término de la “trivialización del Nombre” que empleó Lutero respecto al segundo y tercer mandamientos. Mientras el tercero trata de la profanación del Nombre, el segundo trata de la justicia o vida justa que deben manifestar los que llevan ese Nombre. Citando en parte a Lutero, afirma que “ir por el mundo llevando el Nombre de Dios como si no hiciese ninguna diferencia, descubre por contraste la verdadera diferencia que ha de haber, porque la vida justa (=la que se ajusta a las demandas divinas), es la señal visible que el corazón y sus expresiones externas han sido conducidos y dirigidos hacia la correcta relación con Dios”.²
Dicha “trivialización”, por supuesto, no la comentan los que no profesan ninguna lealtad al que lleva el Nombre, sino los que sí lo llevan – aunque sea de labios para afuera –, pero se comportan como si no les importara. Hasta podemos afirmar que ese menoscabo negligente lleva a una auténtica distorsión de la intención original del mandamiento, que a su vez conduce a la trágica dicotomía entre la verdadera religión bíblica (=relación) y la conducta ética de los que profesan ser creyentes. Todavía se comete dicha dicotomía en varias formas hasta el día de hoy (véase punto IV).

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (IV)

EL TERCER MANDAMIENTO (Éxodo 20:4-6; Deuteronomio 5:8-10)

ESTUDIO Nº 77

por TIMOTEO GLASSCOCK

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Noviembre - Diciembre 2011. Nº 251. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

El primer mandamiento se centra en la adoración interna, la del corazón, de donde brota la adoración verdadera. Subraya que esta adoración se debe de manera exclusiva al único Dios vivo y verdadero: “Yo soy Yahvé, ése es mi nombre; mi gloria a otro no daré” (Is.42:8). El segundo mandamiento se ocupa  de la manera en que exteriorizamos nuestra adoración a Dios. Recalca que la fabricación y el uso de ídolos o imágenes en la adoración son abominables al Señor. Ninguna imagen jamás puede representar adecuadamente la grandeza y la gloria de su Persona y carácter, y por lo tanto consiste en una deformación nefasta del Dios incomparable (Is.40:25).

El tercer mandamiento, el que nos ocupa en este estudio, trata de la adoración verbal, la que surge del corazón y se expresa por nuestros labios, y del peligro de “tomar el nombre del Señor tu Dios en vano” (Ex.20:7). La Biblia insiste en que huyamos de una adoración rutinaria e hipócrita, de palabras hermosas que no reflejan un espíritu genuino de adoración en el corazón, y que son lo opuesto a lo que enseñó el Señor Jesucristo: “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Las palabras del Señor nos recuerdan que Él no permite ningún divorcio entre la actitud de nuestros corazones y las expresiones de nuestros labios, sobre todo cuando hablamos de Dios. De esto trata también este mandamiento.

¿Qué es “tomar en vano el nombre de Dios”?
Para entender bien el texto del mandamiento, es necesario profundizar en el significado de algunas de las expresiones empleadas, empezando por “el nombre de Yahvé tu Dios”. Para los hebreos, el nombre era mucho más que una mera etiqueta para identificar a una persona. Describía el carácter y la naturaleza del individuo, como en el caso de Jacob, “el suplantador” (Gn.25:26), o su papel en los propósitos divinos, como en el caso de Abraham, “Padre de multitudes” (Gn.17:5).

El nombre del Dios de Israel, “Yahvé” (Ex.20:2), por tanto, estaba cargado de significado. Aunque este nombre se utilizaba por los patriarcas para referirse al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Génesis12:8; 13:4; 21:33; 26:24-25; 28:13-16), fue solo en el contexto de la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente que el hondo significado del nombre de Yahvé empezó a apreciarse. Al preguntar Moisés cómo habría de responder frente a la pregunta de los israelitas acerca del nombre del Dios que le había enviado, “dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY”. Y añadió: ‘Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros’” (Ex.3:13-14). La relación del nombre de Yahvé con el verbo “ser” en hebreo refuerza la conexión con el concepto de eternidad (Gn.21:33; Salmos 90:2; 93:2). “Este ‘nombre’ no es una descripción de Dios, sino simplemente una declaración de su existencia autónoma y de su eterna inmutabilidad; una manera de recordarnos que Él tiene vida en sí mismo, y que lo que es ahora, lo es eternamente”¹. Aparecen otros títulos descriptivos para referirse al Dios único y verdadero, como por ejemplo “Dios Altísimo” (Gn.14:18), “Dios todopoderoso” (Gn.17:1), o “Dios eterno” (Gn.21:33), pero la Escritura señala que, estrictamente hablando, Yahvé es el único nombre de Dios: “Éste es mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de mí de generación en generación” (Ex.3:15).

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (V)

EL CUARTO MANDAMIENTO: SANTIFICAR EL DÍA DE REPOSO (1ª parte)

ESTUDIO Nº 78

por PEDRO PUIGVERT

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Enero - Febrero 2012. Nº 252. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

En el mes de Julio de 2001 se presentó en Marsella (Francia), con motivo del “fiction du reel” (Ficción de la realidad), un festival internacional de documentales, una producción sobre los diez mandamientos realizada por la empresa holandesa Icon TV. Cada mandamiento ha tenido una presentación creativa, así “No tomarás el nombre de Dios en vano”, ha impulsado a Karin Jugar a considerar las veces en que el Altísimo ha sido invocado para santificar guerras y exterminios, pero la directora testifica también de la importancia de la fe religiosa para los militares que han trabajado por la paz en Kosovo. Otro ejemplo: “Santificarás el día de reposo”, el mandamiento más violado, según Paúl Cohen, hace reflexionar sobre el hombre moderno, engranaje de una máquina productiva que no se detiene nunca y corre el riesgo de perder completamente su propia dimensión espiritual, aplastada por la material. La historia de los jóvenes corredores británicos Harold Abrahams y Eric Liddell, que participaron en los Juegos olímpicos de 1924 en París, que constituye el argumento de la película “Carros de Fuego”, puso en el centro del debate la consagración
del domingo al Señor. Eric era cristiano evangélico de la Iglesia Reformada de Escocia, hijo de misioneros en China en donde había nacido. Harold era judío y quería demostrar a los británicos ganando una carrera, pues a su parecer no lo valoraban como se merecía. Cuando Eric se enteró que debía correr los 100 metros en domingo se negó y se fue a predicar a una iglesia. Luego pudo correr los 400 metros y ganó la medalla de oro. El contraste del hombre moderno que vive al margen de Dios, ajeno a su dimensión espiritual como dice Cohen, es mucho más significativo cuando conocemos la historia de Eric Liddell. De todas maneras sorprende el interés que en la actualidad tiene el tema porque uno de los contenidos más visitados de la web de nuestra iglesia (www.iglesiamistral.org) es precisamente la exposición de los Diez Mandamientos y de éstos, los dos comentarios sobre el cuarto son de los más leídos.

Significado de Sabbat
Etimología. El término español “sábado” proviene del griego σάββτον (sábbaton), y éste a su vez del hebreo shabbâth: “reposo, día de reposo”, que deriva del verbo shâbath: “cesar”, “descansar”, “guardar el sábado”. Así, el hombre debe cesar su trabajo un día a la semana (Éx.20:10-11; 31:14; Dt.5:12-15) para santificarlo (apartarlo) para el Señor. Además, la tierra también debía guardar reposo el séptimo año. Ni se plantaba ni se cosechaba. Comían de lo almacenado y de lo que crecía espontáneamente (Lv.25:4-6). Al cabo de siete semanas de años, es decir, en el año 50, habría un año especial, un año de jubileo, en que la tierra descansaba dos años y tenía que ser devuelta a sus primeros dueños, y los esclavos debían ser liberados. Era mucho más que una simple rotación de cultivos o la práctica del barbecho (Lv.25:10-55).

Definición. “En la Biblia se establece el principio de que debe observarse un día de cada siete como día sagrado para Dios. Tomando como base la razón que nos dan los Diez Mandamientos para la observancia del sábado, vemos que Dios mismo había dado el ejemplo para el descanso sabático en relación con la creación. Por lo tanto, el sábado es una ordenanza que emana de la creación (Éx.20:8-11)”¹. Dice un comentario judío: “La consagración indica que Dios ha distinguido este día como coronación de la creación porque con la existencia de este día llega a su plenitud y culminación la creación de los cielos y la tierra. Pues tal como el ser humano, al concluir una obra importante, lo festeja con un día de celebración, así después de la culminación de la creación de los cielos y la tierra llega el Shabbat que consagra la finalización de la misma: pues “קדושה”  “kedusháh” quiere decir distinción y consagración de este día y, cuan bella es la interpretación de nuestros sabios que quieren ver en este verbo la similitud con la ceremonia de “קידושין” “kidushín” – consagración nupcial – lo que denota la distinción exclusiva y definitiva que el desposado confiere a la desposada” (Rabí Abarbanel)².

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (VI)

EL CUARTO MANDAMIENTO: SANTIFICAR EL DÍA DE REPOSO (2ª parte)

Estudio Nº 79

por PEDRO PUIGVERT

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Marzo - Abril 2012. Nº 253. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Hace unos meses una entidad de servicios me llamó para comunicarme que me habían correspondido dos entradas para asistir a un partido de fútbol en el estadio del C.F. Barcelona; les pregunté para qué fecha eran y me respondieron que para el domingo siguiente. Les dije que no podí aceptarlas porque era el día del Señor y ese día debía estar con mis hermanos en la fe. Al cabo de dos semanas me llamaron otra vez y me dijeron que de nuevo me habían correspondido dos entradas: eran para el sábado siguiente y en una de las mejores zonas del estadio, incluyendo además una merienda cena servida en el área VIP. Así que, les di las gracias y esta vez acepté el obsequio.

3.2 Trabajar en el día de reposo.

Otro de los asuntos que se relaciona con el día del Señor es el de los que tienen necesidad de trabajar en domingo y no pueden guardar el descanso. Aquí conviene hacer una distinción entre los que prestan un servicio imprescindible a la sociedad y los que trabajan por ánimo de lucro. En el primer caso están los médicos y las enfermeras, los policías, los bomberos, los ministros del evangelio, etc., los cuales entrarían en la categoría de las palabras de Jesús: “misericordia quiero y no sacrificio, porque el día de reposo fue hecho a causa del hombre, y no el hombre a causa del día de reposo y mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo” (Mt.12:7; Mr.2:27; Jn.5:17). Sin embargo, estos profesionales tendrán un día de fiesta a la semana y este día deben santificarlo como si fuera domingo. En el segundo caso están aquellos que quieren trabajar en dom ingo porque ganan más dinero sin que nadie les exija que lo hagan. Entonces el móvil no es laborar a favor del prójimo, sino por amor al dinero (1 Ti.6:10). En un tercer caso, la situación del mercado laboral no nos permite tomar la opción de rechazar un empleo que exige trabajar en domingo porque entonces podríamos quedarnos en el paro. En muchos lugares, los comercios ya han cerrado sus puertas a los cristianos que se niegan a trabajar en domingo. Otro aspecto es el turno en las industrias y en los servicios, y no toca más remedio que trabajar en el día del Señor o quedarás sin trabajo. Nosotros no vivimos en la teocracia de Israel en tiempos de Moisés cuando la sociedad se regía por las leyes divinas. Los cristianos del primer siglo tampoco tenían este privilegio, ya que el domingo era un día laborable y además estaban los esclavos creyentes que tenían amos paganos y no podían guardarlo. Otro problema actual es el de los ejecutivos que deben viajar en domingo para estar el lunes en algún lugar del mundo para hacer la labor que les exige su empresa. La casuística podría alargarse con múltiples ejemplos. De todas maneras debemos estar preparados para afrontar los impedimentos que nos obligan a elegir entre un empleo en que debemos trabajar todos o varios domingos al mes o quedarnos sin trabajo. La opción que adoptemos debe ser hecha en conciencia delante del Señor. Sin embargo, cuando podemos elegir entre trabajar en domingo o no, nuestro deber está claro.

Propósito del día de reposo
El cuarto mandamiento está siendo atacado en nuestra sociedad por las dificultades de aplicarlo, debido a la centralidad del ocio dominado por las ganancias materiales. Además, los gobiernos facilitan el mercantilismo en contra de la celebración cristiana del domingo como un día especial.

Es un día de descanso. En Ex.23:12 tenemos un plan muy interesante. En el original se usa una palabra para “reposarás”, otra para aludir al “descanso” y una tercera para “refrigerio”. El reposo (Sabbat) es para el propietario de la hacienda y lo debe hacer por tres motivos: a) para cumplir con el mandamiento en su propia vida; b) para dar ejemplo a los que trabajan para él; c) para que sus siervos tampoco trabajen al no hacerlo él. El descanso es para los animales y el término significa que deben estar tranquilos y quietos. Los animales usados para los trabajos más pesados deben dejarse en paz y que pasen el día pastando tranquilamente. Hay un principio importante en este mandato para los animales al mostrar Dios que el descanso debía ser muy amplio, ya que si para ellos no tenía el sabbat propósitos espirituales, sí que señala la necesidad del reposo para cada criatura bajo el dominio del hombre. El refrigerio es para los sirvientes y el huésped. Esta palabra es la más fuerte de todas ya que significa hálito, vida, alma. Es como si Dios dijera: “deja descansar a tus siervos para que sus cuerpos recobren nueva vida”. Tristemente nuestra sociedad está perdiendo los beneficios del cumplimiento de este mandamiento al insistir en sus derechos de trabajar siete días a la semana.Consideremos los privilegios del domingo.

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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (VII)

EL QUINTO MANDAMIENTO: SOLUCIONES ANTIGUAS... ¿PARA PROBLEMAS NUEVOS?

ESTUDIO Nº 80

por LIDIA MARTÍN

(Publicado en la revista EDIFICACIÓN CRISTIANA, Mayo - Agosto 2012. Nº 254. Época X. Permitida la reproducción total o parcial de esta publicación, siempre que se cite su procedencia y autor.)

Siempre me llama la atención cuando se critica la Biblia por ser un libro supuestamente anticuado, desfasado y fuera del contexto real en el que nos movemos hoy. Y no puedo evitar, por retorcido que pueda parecer a algunos, esbozar una sonrisa cuando, al acercarme una y otra vez a las líneas de nuestro libro maestro, encuentro referencias repetidas y soluciones más que acertadas a los problemas que, a pesar de nuestra mucha sabiduría humana, seguimos padeciendo. No son problemas nuevos, aunque lo parezca, sino con disfraces nuevos, manifestaciones diferentes a las que estábamos acostumbrados pero que, en esencia, cuentan con factores de origen y mantenimiento que nada tienen de original. Mutan, cambian, eso sí, pero tienen de fondo el más antiguo de los males: el pecado en el corazón del hombre.

Pareciera a veces, viendo los niveles de desarrollo tecnológico e intelectual a los que hemos llegado, que hubiéramos alcanzado el tope de todo lo que se puede esperar de nosotros, que no hay reto que se nos resista o meta demasiado grande a la que debamos negarnos. Sin embargo, como ya adelantábamos, los problemas profundos que nos sacuden cotidianamente siguen siendo, en esencia, los mismos. Nadie como Dios mismo, que trasciende los tiempos, que los conoce y los gobierna, que no está sujeto a ellos, sino que los controla y los administra, que nos creó hasta el más pequeño detalle, para decirnos y marcarnos qué nos conviene más y cómo conducirnos en nuestra vida para que nos vaya bien. Ese era el objetivo de los mandamientos que el Señor dio a Moisés para que fueran trasladados a Su pueblo: que supieran y cumplieran los parámetros que Dios establecía, no como una forma de complicarles la vida, sino para que les fuera (nos fuera) bien.

Nuestros problemas reales hoy en día están muy lejos de tener que ver con el avance tecnológico, o las disquisiciones políticas, culturales o históricas, como a veces pareciera a raíz de lo que nos llega a través de los medios. Esos, entre comillas, casi podrían ser catalogados de “problemas menores”. Tampoco son los más prioritarios, a pesar de la crisis, los temas económicos o laborales. Porque los asuntos que siguen quitándonos el sueño realmente se encuentran cerca nuestro, en nuestra casa, particularmente y más concretamente, asentados de lleno en el seno familiar. Y esto no es novedad, reconozcámoslo. Ya le sucedió a los más antiguos de nuestros predecesores y, al margen de que las otras dificultades que podamos encontrarnos en nuestro día a día sean muy importantes, toman un cariz completamente distinto, incluso secundario o superficial, a la luz de lo que primordialmente nos mueve a las personas: las relaciones familiares.  De ahí que no sea, entonces, difícil de entender que algunas personas, cuando se encuentran en una situación grave en el hogar resten importancia a la abundancia material, a tener el trabajo perfecto o la mansión de sus sueños. Son capaces de vivir con lo poco que tienen, casi bajo mínimos en algunos casos, pero su corazón, lo que les preocupa, está en las personas que tienen cerca y lo que a éstas les ocurra. Y lo demás, pasa a un segundo lugar, por importante que a priori pudiera parecer, que lo es, pero sólo en cierta medida.

Cuando uno se acerca al texto de los diez mandamientos, descubre en él la sabiduría plena y profunda de Dios al recoger con una síntesis perfecta cuáles son los problemas del corazón del hombre, cuáles son sus tendencias, sus tentaciones, sus talones de Aquiles, por una parte en la relación vertical que establece con el propio Creador, pero por otra parte en la interacción horizontal que tiene con sus semejantes, entre los que se incluye, obviamente, la familia. Él estableció límites claros y concretos justo en aquellas áreas en que, efectivamente, somos más dados a caer y una de ellas es, sin duda, la que tiene que ver con las relaciones familiares. Nuestros hijos, nuestros padres, nuestros cónyuges son nuestros prójimos más próximos y aquí el mandato es claro: honra a tu padre y a tu madre, con un añadido tremendamente importante, no sólo porque sea el primer mandamiento con promesa, que también, sino porque implícito en su mensaje nos traslada una idea fundamental, y es que no pueden irnos bien las cosas cuando esto no se cumple.

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Última actualización el Lunes, 15 de Julio de 2019 20:26